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Política del miedo

Sergio Spada 11 noviembre, 2015 - 11:56 am

Política del miedo.

El miedo nos ha acompañado desde los albores de los tiempos. El ser humano parece signado por la “política del miedo”. Desde el hombre de Neanderthal, huyendo para escapar del peligro o algún plausible depredador, hasta el hombre moderno, tomando distancia, analizando, para escapar de situaciones que pueden resultar ciertamente catastróficas, esta parece ser la política que lo ha acompañado y le ha permitido perpetuarse como especie.

Y todo ello, gracias a la amígdala. Del tamaño de una almendra, es una parte de la organización del cerebro situada en el lóbulo temporal. Al activarse, regula además del miedo, la supervivencia. O sea, es un dispositivo de alarma natural. Al ser este, constitutivo del ser humano, cabría preguntarse, si el miedo es en sí, bueno o malo…

Si lo analizamos desde el viejo axioma de “valiente, no es aquel que no tiene miedo, sino que a pesar de ello, se anima” el miedo se presenta, como un facilitador, como un mecanismo hacia la acción. Al crear valientes, no parece ser tan malo.

Ahora bien, si lo pensamos desde el punto de vista de la “vedette” de las patologías psíquicas actuales, el ataque de pánico, aquí la visión cobra otro sentido. En aquellos que la padecen, la atención consciente queda adherida al peligro. Generándose así, síntomas somáticos tales como aceleración del ritmo cardiaco o la presión sanguínea. Y son, interpretados por este, como una confirmación de la amenaza, retroalimentado de esta manera, el miedo… Al crear patología, no parece ser tan bueno.

La clave, quizás esté en palabras de Marie Curie, quien enfatiza “A nada se le debe temer, solo se debe comprender”.

La comprensión, es la vía para resignificar y socavar al miedo. Al comprender, baja la tensión y el estado de alerta permitiéndonos razonar sobre aquello a lo que tememos. Es allí donde el miedo, adquiere otro valor, facilitando un reposicionamiento frente a este.

Entonces bien, debemos valernos de los indicadores de alerta, para pensar a cerca de ellos, y actuar ya sin ataduras, escapando a los impulsos, sintiéndonos en definitiva, libres.

 

Sergio Spada.
Licenciado en Psicología.

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