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Diagnóstico de la maldad

Sergio Spada 20 noviembre, 2015 - 2:26 pm

Un reconocido psicoanalista decía que “hay una gran diferencia entre un neurótico y un canalla”, pareciera que le faltamos el respeto a las enfermedades psíquicas cuando hablamos de hechos execrables, como “una locura”.

El delirio místico es una suerte de creencia de que el individuo es parte de un plan salvador en donde los demás están mal o representan el mal, abandonando este el marco del yo real, en una suerte de cuadro narcisista, generando una escisión entre el mundo real y su creencia.

El termino delirio, etimológicamente, proviene del latin, “de lirare”, que significa, salir del surco al labrar la tierra. Entendido en un marco psicosocial, seria salirse de las normas establecidas en un contexto global. Es allí donde, ese abandono del surco, hace muchas veces confundir, patología con heroísmo.

Es a través de ello, en donde estos individuos generan influencia por sobre otros, seduciéndolos con sus ideales, imponiéndoles luego, normas. Derivando allí, en una suerte de idolatría psicopática, impulsándolos a realizar actos que reivindiquen esas creencias.

Los delirantes, padecen cuadros de psicosis, o sea, individuos que se han despersonalizado. Ahora bien, si evaluamos, actos en escalada de violencia extrema y multitudinaria, podríamos pensar aquí, más en una deshumanización, que trasciende en si, la mera patología.

Estos actos, alejados de lo impulsivo e irruptivos, con logística de premeditación y alevosía, provocan daños irreparables de vidas truncas, generando así, una suerte de efecto contagio en aquel que ha sido dañado. O sea, que este, en su dolor, trocara de victima en victimario. Propiciándose, un peligroso círculo vicioso tendiente a la deshumanización.

Las apetencias económicas, enmascaradas en luchas mesiánicas políticas, religiosas, ideológicas, nos han llevado desde siempre a padecer resultados catastróficos.

Quizás ya no sea cosa de ser más sanos, sino más humanos. Porque la maldad no tiene diagnóstico, sino víctimas.

Sergio Spada.
Licenciado en Psicología.

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